Tres de cada cuatro mujeres han sufrido mutilación genital femenina en el pequeño país de África occidental. Ante el fracaso de la vía penal, surgen novedosos enfoques para la erradicación

Una niña en brazos de su madre durante una sesión del proyecto de formación Fandema, en Tujereng (Gambia).RODRIGO SANTODOMINGO

RODRIGO SANTODOMINGO

Tujereng (Gambia)

Desde que la mutilación genital femenina (MGF) fuera prohibida en Gambia en 2015, un solo caso ha llegado a los tribunales. Siete años de omertá e inacción han hecho de la ley papel mojado. Mientras la norma se oxida, la lucha contra esta práctica brutal afina sus frentes, da con teclas inéditas que, lentamente, van erosionando los pilares culturales de la ablación. Organizaciones y activistas tratan de deshilvanar el ovillo que enreda a las niñas gambianas en un fatal determinismo. Esa inercia ancestral que les niega la salud y les extirpa su dignidad.

Mariama Cham y Segga Sanyang acaban de volver de Basse, la región más oriental de Gambia, río adentro, hasta los confines de la estirada, algo absurda geografía que –tras la descolonización de los años sesenta– le tocó al pequeño país africano. Una zona remota y paupérrima donde la ablación es requisito para la integración de las chicas: saltárselo equivale a una marginación vitalicia.

Cham y Sanyang son, respectivamente, especialista de género y coordinador de formación en la ONG Wassu Gambia Kafo (WGK), que aspira a prevenir la ablación con un “enfoque antropológico”, dice su director general, Enric Royo. “Debe de haber, puesto que las madres quieren eso para sus hijas, una razón importante detrás”, continúa. “Predomina la idea de que, si no se hace, la niña no está purificada”, añade Cham.

Desde la sede de la organización en Serekunda (la ciudad más poblada de Gambia, cercana a la capital, Banjul), Sanyang y Cham detallan sus viajes por todo el país. Antes de partir, vacían la maleta de soberbia y la llenan con sutileza. En lugar de avasallar con juicios morales, WGK se cuela por las rendijas del relativismo cultural. Crea una atmósfera de escucha e intercambio. Cuando por fin se respira un clima de confianza, presenta su aséptico listado de evidencias científicas sobre los perjuicios para la salud de la MGF. Y deja que el mensaje cale y siembre dudas sobre lo asumido como normal.

“Lo primero es identificar nuestros puntos de entrada: los líderes comunitarios y religiosos”, explica Sanyang. Esos hombres mayores se erigen en guardianes de la tradición. “Si no te aproximas a ellos con sensibilidad extrema, tendrás un grave problema de acceso”, continúa. “Resultaría inútil tratar de imponerles una visión, tan acostumbrados como están a la devoción”, subraya Cham. La especialista de género admite que el diálogo se torna a veces duro, con continuos tira y afloja.

Tras llegar a un terreno común, los líderes abren las puertas de la comunidad. Se suceden entonces talleres y encuentros. La intención última tiene algo de malabarismo dialéctico. “Convencer de que es bueno como manifestación de nuestra riqueza cultural, mantener el ritual iniciático [que incluye bailes y comida], pero sin cortar a las niñas”, resume Sanyang. Y que esto no suene a versión descafeinada al suprimir el momento cumbre sobre el que, desde hace siglos, la iniciación ha gravitado.

Lenta tendencia a la baja

Los datos invitan a un optimismo moderado. En 2018, el MICS (una macroencuesta de Unicef) arrojó una prevalencia de la ablación en Gambia cercana al 76% entre mujeres de 15 a 49 años. Dos años más tarde, el DHS (impulsado por la agencia de desarrollo internacional de Estados Unidos en colaboración con varios países y donantes) reflejó un 73%. “Confiamos en que las cifras continúen a la baja, pero nos preocupa el ritmo tan lento, insuficiente para alcanzar [según el objetivo fijado por la ONU] su erradicación en 2030″, apunta Gordon Jonathan Lewis, representante en Gambia de Unicef.

Aunque hay ligeras variaciones por estatus socioeconómico, el gran factor diferencial de la ablación en Gambia es étnico

Las malas noticias aumentan al no observarse grandes diferencias entre tramos de edad, con las chicas de 15 a 19 años más o menos al mismo nivel que las mujeres de 45 a 49. Por debajo de los 15 años, resulta difícil detectar tendencias: un 45% de niñas ya han sido mutiladas, pero el resto no están a salvo de la práctica, que en Gambia suele realizarse antes de los 10 años, aunque a veces se sufre en plena adolescencia.

No es fácil tomar el pulso al sentir general de la población. Las conversaciones espontáneas se gripan tras la simple mención de la ablación. Ante preguntas directas, respuestas vagas: “Es complicado”, “Depende”. Las mujeres reaccionan con reserva; los hombres, con incomodidad manifiesta. Algunos se aferran a la ley para zanjar el tema: “Ya no se hace, está prohibida”. Más apegadas a la realidad (o a la verdad), otras voces anónimas explican que la prohibición sí ha cohibido, al menos, el descaro de antaño. Tiempos recientes en que se cortaba a las niñas en celebraciones a plena luz del día, con jolgorio y percusión.

Gordon Lewis explica, en la sede de Unicef en Gambia, que ellos se enfrentan a la ablación con los derechos humanos por bandera. “Decimos que es mala y que viola varios derechos básicos, a la salud, sin ir más lejos. Pero no se trata de avergonzar a nadie, sino de implicarse en una conversación”, expone. Desde que inició su mandato en 2020, Lewis ha estrechado lazos con el Gobierno para avanzar en la vía penal. Desglosa dos posibles aproximaciones: “simbólica” (aplicación laxa de la ley) y “agresiva”, que podría ir en detrimento de su eliminación al empujar la práctica a la clandestinidad, sostiene. La colaboración de Unicef con las autoridades pasa por ayudarles a encontrar un punto intermedio.

Cham, de la ONG Wassu Gambia Kafo, se muestra escéptica: “Denunciar supone manchar el nombre de la familia, así que se impone la cultura del silencio”. Ampliando la mira, Lewis apuesta por una estrategia “multidimensional” con distintas líneas de actuación. Una de las principales es amplificar la voz de esa mitad de madres gambianas que (según el MICS) rechazan la ablación.

Aunque hay ligeras variaciones por estatus socioeconómico, el gran factor diferencial de la ablación en Gambia es étnico. Entre las mujeres mandingas (un 34% del total de la población), pocas han escapado a la cuchilla. En otros grupos numerosos como fula o jola, la prevalencia supera el 80%. Por el contrario, la ablación resulta minoritaria (inferior al 15%) entre las wolof, una etnia a la que se adscribe el 13% de gambianos. Siendo todos musulmanes sufíes, el espinoso asunto eterniza un debate entre los insignes marabús, guías sociorreligiosos que dirigen la vida de sus fieles en el oeste de África. El país vive así un cisma, con lecturas teológicas a la carta.

Cham, de origen wolof, recurre a la historia sagrada para demostrar que el islam no prescribe la mutilación: “Ninguna hija del profeta fue mutilada”. Sus defensores arguyen, por su parte, que la Sunna (el libro sobre costumbres que complementa al Corán) incluye un haddith en el que se menciona la ablación en términos positivos. Disquisiciones sin fin –quizá de naturaleza irresoluble– que entorpecen la batalla. Consciente de que desvincular corte y virtud religiosa supondría un éxito tremendo, la ministra de la Mujer en Gambia, Fatou Kinteh, no desaprovecha ocasión para situar los orígenes de la ablación en un tiempo pre-mahometano.

Cambio generacional

Persuadir a los marabús de que la ablación no tiene justificación divina (o de que su ambigüedad interpretativa no compensa el daño infligido) atajaría sobremanera la lucha. El cambio de arriba abajo se adivina rápido y muy efectivo. También resulta arduo, fatigoso, plagado de muros mentales difíciles de derribar.

Otra línea estratégica, que no parece incompatible con las demás, aspira a un cambio generacional desde abajo. El objetivo, que padres y madres prioricen cada vez más la salud de sus pequeñas. Y que esa firme voluntad dé fuerza para abstraerse del qué dirán vecinal o ignorar el dedo acusador del marabú de turno.

Praise Gimba y Sally Njie lanzaron hace unos meses –en colaboración con la ONG Think Young Women– su canción Cut no more (No cortes más). El tema alterna inglés, mandinga y wolof. Su videoclip combina música pegadiza y contundente asertividad rapera. “Anima a bailar y, aunque hablamos de trauma, lo hacemos con letras positivas; queremos que llegue al mayor número de jóvenes”, afirma Gimba.

En una cafetería de Fajara (tranquila localidad colindante con Serekunda), la cantante nigeriana –28 años, afincada en Gambia desde hace casi una década– admite su sorpresa al llegar al país y comprobar cuántas de sus nuevas amigas habían sido mutiladas. También enfermera, quiere consagrar su arte a la causa feminista. Sabe que decir no a la ablación equivale, con frecuencia, a estigma. “Pero cada vez hay más organizaciones que apoyan a los que dan el paso y se niegan”, subraya.

Decir no a la ablación equivale, con frecuencia, a estigma

Royo recuerda la raíz patriarcal de la mutilación: “Ocurre en un contexto que asocia roles reproductivos muy marcados a las mujeres”. A esto se suma, continúa, “una situación de pobreza en la que las mujeres son siempre más vulnerables que los hombres”. Son factores estructurales que contribuyen a perpetuar la práctica, pero que no permiten saber si las madres dejan a sus hijas en manos de la cortadora por sometimiento, por aquiescencia activa o por verdadera convicción. En cualquier caso, el resultado, sostiene Cham, es siempre el mismo: “Un día el marido decide que ha llegado el momento. La mujer puede protestar; de poco servirá”.

Paneles solares como arma contra la ablación

Fatou Njie es formadora e instaladora de energías renovables en la asociación M´Bolo, en Tujereng, un pueblo pesquero a una hora de la capital. Hace ocho años, se atrevió a progresar. Había oído hablar de Fandema, el proyecto estrella de M´Bolo. Sabía de su enfoque holístico para oficios tradicionalmente masculinos, de sus talleres sobre emprendimiento o nuevas tecnologías. Dejó su trabajo como ahumadora de pescado, que apenas le permitía sobrevivir. Hizo caso omiso a los insultos de los varones del lugar. Soportó, estoica, las mofas y el acoso en el trayecto de su casa al aula.

Ahora monta paneles solares en tejados de toda Gambia. Brilla como referencia para otras jóvenes. Su empoderamiento laboral se ha trasladado al hogar: “Mi madre siempre ha acatado lo que dijera mi padre; con mi marido es diferente, hablamos para llegar a acuerdos”.

El responsable de Fandema, Malang Sambou, cuenta orgulloso un encargo realizado por Njie y otras compañeras. “La mezquita del pueblo nos pidió una instalación. El imán quería que fueran hombres; yo le dije que no, que hablara con las chicas”. Al final ellas dieron luz limpia al lugar de culto. Sambou rememora las palabras del alcalde durante el tabaski (fiesta musulmana del sacrificio del cordero): “Pidió que todos rezaran por ellas en agradecimiento a su labor”.

La batalla de Fandema contra la ablación contiene un anhelo emancipador. Se trata de cultivar una planta de independencia financiera y regarla con mensajes libertadores. O de generar, como los paneles que instala Njie, energías autosuficientes. “Cuando se corta a la niña, la madre recibe dinero de otros miembros de la comunidad. ¿Quién en la extrema necesidad renuncia a eso?”, reflexiona Sambou.

El reto es, pues, avanzar hacia la autonomía material. Y abrir así ojos críticos que vean el doloroso sinsentido de la ablación. Tejer una red de protección que permita decir “basta” y saltar al vacío sin ser engullida por un agujero negro de soledad y desesperanza.

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